domingo, 21 de agosto de 2011

Y yo...

(Héroes)

5-9-11

Pino gritó su nombre hasta quedarse sin fuerzas. Poco le importó que le oyese el grupo de cotillas que a pocos metros de él aún miraban sorprendidos la escena. Hizo ademán de ir tras ella, pero se detuvo después de dar unos pasos. Lo mejor sería dejarla sola, al menos durante un par de horas, hasta que ambos pudieran pensar con claridad sobre lo que había pasado. Cerró los ojos e inhaló el aire lleno de salitre, con tanta fuerza que le ardieron los pulmones. Después, se puso de espaldas y comenzó a nadar mar adentro, dejando que las olas le mecieran con suavidad mientras escuchaba los gritos de las gaviotas y notaba sus sombras pasar sobre su torso desnudo. Esos graznidos discordantes siempre le habían transmitido una extraña sensación de melancolía y nostalgia. No era como la desesperación absoluta que sacudía los cimientos de su cordura cada vez que sentía como los recuerdos le destrozaban el alma, llenándola de gruesas cicatrices. No. Era más similar a la tristeza que sienten los ancianos al contemplar los viejos y ajados álbumes llenos de fotografías color sepia de su juventud. Pino añoraba un pasado que nunca había sucedido, un pasado en el que Sandra le amaba y Erik seguía siendo su mejor amigo y confidente.
Se dejó llevar por la corriente. Por una vez, agradecía tener su memoria sobrehumana. Recordó una y otra vez ese increíble instante, que había llegado a pensar que no sucedería jamás. Todavía no podía entender que fuerza le había arrastrado hacia los labios de Sandra, y tampoco estaba seguro de si había hecho bien dejándose llevar. Por un lado, Sandra le había correspondido, lo que le llenaba de una esperanza temerosa. No quería hacerse ilusiones, pues cuanto más alto subía su espíritu en su imaginación, más desgarrador era luego el brutal choque contra la realidad. Pero, por otra parte, cuando había intentado ir más lejos con ella... Pino no sabía demasiado acerca de la psicología femenina, pero estaba seguro de que escaparse buceando tras romper a llorar no era una señal positiva.
Levantó un poco la cabeza sobre las olas para ver donde estaba. Podía ver a lo lejos la pequeña bahía rodeada de altos acantilados a la que habían ido a pasar el día. Si se fijaba lo suficiente, podía ver incluso a sus compañeros moverse de un lado para otro entre las toallas y las bolsas de playa. Y algo separada del resto del grupo, sentada bajo una sombrilla, podía verla a ella, con la mirada fija en el horizonte. No estaba leyendo otra vez, eso seguro. Posiblemente estaría devanándose los sesos, al igual que Pino, en tratar de descifrar el significado del momento que acababan de compartir, y el por qué ambos habían actuado como lo hicieron. Y Pino no estaba convencido de querer saber las conclusiones que ella sacase de su meditación.
De todas formas, debía de llevar cerca de una hora en el agua, y empezaba a cansarse. Con brazadas lentas, como si tratase de retrasar lo máximo posible el momento de hablar con Sandra, se dirigió a la orilla. Finalmente, sus pies se posaron sobre la arena caliente por el sol, y se encaminó hacia su toalla. Pino se identificaba plenamente con los reos a los que conducen al patíbulo: sus pasos pueden ser tan cortos como quiera, pero acabará llegando igualmente a la horca. Y llegó a la toalla de Sandra. Se humedeció los labios y tomó aire.
-Emm...Sandra...hola....¿qué tal estas?- su voz carecía completamente del más mínimo aplomo.
-Yo...la verdad es que no sé que contestarte- la voz de Sandra también vacilaba y evitaba mirar a Pino a los ojos, prefiriendo observar sus brazos, su pecho o sus pies, para finalmente dejar la mirada fija en su hombro izquierdo.
-Ya....oye, quería disculparme por lo de antes, era solo que....joder....acababas de decirme que preferirías enamorarte de mi y pensé que....a lo mejor tu....eso, que no me he podido controlar.
-Ya, eh, no pasa nada Pino, yo lo siento de verdad.
-¿Tu?- Pino estaba confuso. Se suponía que el que había cometido un error era el.- ¿Por qué? Pero si he sido yo.
-Pues por haberme ido tan de repente, pero es que no sabía como reaccionar. Y por haberte utilizado. Lo siento.
Pino pensó que si eso era lo que Sandra entendía por utilizar, estaba dispuesto a ser su marioneta todas las veces que ella quisiera.
-No, no, pero si....a ver, yo....bueno pues...- las palabras parecían haberse evaporado de su lengua.- Supongo que a lo mejor los dos nos hemos confundido. Pero....-dudó unos segundos.- hay algo que quiero preguntarte...y no se cómo.
-Dilo sin más. Es mejor.
-Pues...- Pino tragó saliva....es decir, habría tragado saliva si todavía quedase algo en su boca repentinamente seca.- ¿Ha significado algo para ti este beso? Y contesta con sinceridad -agregó rápidamente. Lo último que necesitaba ahora era una larga charla compasiva llena de eufemismos y de "te quiero, pero solo como amigo". Odiaba esa puta frase.- , no tengas miedo de ser dura.
-Pues....- Sandra se detuvo, dubitativa. Buscaba las palabras adecuadas.
-¿Pues?- Pino se estaba impacientando. Había asumido, a juzgar por las palabras y forma de actuar de Sandra desde que habían empezado la conversación, que la respuesta iba a ser un no rotundo, y prefería acortar en lo posible la agónica espera.
-Se que te he correspondido en principio, pero es porque estaba triste y enfadada con Erik. Y luego no he podido seguir porque.....bueno, os quiero de forma diferente. Entonces, la respuesta es que...no, no demasiado, porque estoy enamorada de Erik. -Se calló y suspiró. Después de unos momentos, volvió a disculparse.- Lo siento.
-Nah, tranquila, no pasa nada. - Si que pasaba. Su ánimo se asemejaba enormemente al legendario Ícaro, que tratando de alcanzar el áureo esplendor del sol acabó calcinado bajo sus rayos incandescentes. Del mismo modo su ánimo, que apenas unos instantes antes surcaba las nubes en frágiles alas de cera, caía ahora contra el suelo, convertido en una flamígera bola de humo y cenizas. - No me había hecho muchas esperanzas de todas formas. En fin, me voy a dar una vuelta por la playa, luego en un rato vuelvo, ¿vale? Me llevo el móvil por si acaso. Venga -acarició con las puntas de los dedos la mejilla de Sandra mientras echaba a andar.- chao.
- ¿Pero estás bien, Pino? - Pino se detuvo y se dio la vuelta.- No quiero perderte como amigo -la voz de Sandra estaba teñida de preocupación.
-Sigo vivo, ¿no? Jajajaja - se rió sin ganas de su velada alusión al suicidio. Se parecía más al sonido de un fuelle que al de una risa auténtica. - Tranquila preciosa -añadió tras ver el gesto que puso Sandra al oír sus palabras.
-Siento todo esto, de verdad.
-No pasa nada, pequeña - Pino puso todo su empeño en fingir una sonrisa que, si no reflejaba felicidad, al menos no dejase traslucir los oscuros pensamientos que en ese momento llenaban su mente. - Y no te preocupes, que no me vas a perder. Luego vuelvo. Te quiero, Sandrita. - Dicho esto, volvió a dirigirse hacia uno de los extremos de la bahía.
-Yo también, Pino. Siento que no pueda ser diferente.
Pino se paró unos instantes, dudando si darse la vuelta y abrazarse a Sandra para no dejarla marchar jamás, o seguir caminando.
Echó a andar de nuevo, y cuando estuvo a demasiada distancia como para que Sandra pudiera oírle, murmuró:
-Y yo, preciosa -los rayos del sol emitieron suaves destellos al impactar contra sus ojos húmedos. - Y yo.

El Príncipe

No hay comentarios:

Publicar un comentario