Héroes
6/8/11
Pino se sentó en el portal de un centro comercial para liarse otro canuto. Había salido a las once de la noche de su casa, y ya eran casi las cuatro de la madrugada. Cinco horas y dos porros. A ese ritmo, en un par de noches más iba a acabar con su reserva de hierba antes de cruzarse siquiera con los hombres de negro.
Las calles estaban completamente desiertas, y el silencio solo se rompía de vez en cuando bajo el ronroneo del motor de los coches que cada cierto tiempo atravesaban la calzada. Pero ni rastro de las furgonetas negras.
Estaba a punto de encaminarse de vuelta a casa, frustrado por haber desperdiciado la noche en una búsqueda inútil, cuando escuchó varias pisadas saliendo de un callejón y tres skinheads aparecieron de improviso doblando la esquina. El repiqueteo de las puntas metálicas de sus botas se entremezclaba con los cánticos desafinados alabando al Führer que entonaban. Pino se levantó y trató de escabullirse disimuladamente, pero antes de poder meterse en alguna callejuela secundaria los skins se percataron de sus zapatillas de ska a cuadros blancos y negros. Sus rostros se deformaron cuando bramaron "anarca de mierda, vuelve aquí" mientras echaban a correr tras el y sacaban los puños americanos. Pino se lanzó a la carrera tan rápido como sus piernas se lo permitían, pero la cabeza le daba vueltas y la luz de las farolas parecía envolverle en una neblina anaranjada, nublando su visión. Llevaba casi un día entero sin dormir, y todavía sentía con fuerza el efecto de la marihuana, de modo que acabó tropezando y estampándose contra el asfalto. Antes de que pudiera levantarse de nuevo, una patada en las costillas volvió a arrojarlo contra el suelo. Soltó un quejido mientras notaba como la boca se le llenaba de sangre procedente de sus fosas nasales. Un sabor metálico saturó sus papilas gustativas al tiempo que otra patada le golpeaba el costado. Trató de protegerse con los brazos, pero la maraña de piernas que le rodeaba le impedía predecir el lugar del próximo impacto.
Pino hizo un último intento desesperado por evitar que le reventasen a patadas: se introdujo en la mente de los skins y comenzó a modificar recuerdos a toda velocidad. De pronto, los golpes cesaron y los mismos tipos que segundos antes estaban a punto de romperle las costillas le levantaron del suelo y le sentaron en un banco.
-Joder, camarada - ladró uno de los neonazis.- si no llegamos a estar aquí, te follan los hijos de puta de los rojos.
-Putos guarros, si hasta le han puesto sus zapatas de mierda - gruñó otro skin antes de arrancarle con fuertes tirones las zapatillas a Pino para luego tirarlas a un contenedor.- Como los coja...
-Cabrones, mira como le han dejao...putos bujarras, en cuanto nos han visto se han dao el piro.
Pino se limitó a asentir a todo lo que decían mientras sacaba un pañuelo del bolsillo de su pantalón e intentaba taponar el reguero de sangre que brotaba de su nariz. Tenía un corte en la mejilla y le dolía el pecho cada vez que respiraba. Trató de ponerse en pie, pero le dieron náuseas y se derrumbó de nuevo sobre el banco. Los neonazis se dieron cuenta de sus intenciones y, colocándose a ambos lados de Pino, le levantaron sujetándole por las axilas. Pino dio un par de pasos, trastabilleando, hasta que finalmente recuperó el sentido del equilibrio. Al cansancio de los dos últimos días se sumaba ahora el esfuerzo que le había supuesto manipular tres mentes a la vez y bajo presión. Se sentía al borde del colapso nervioso.
Estaba decidiendo que hacer a continuación cuando vio una furgoneta negra dirigiéndose hacia ellos desde el otro extremo de la calle. Dio un frenazo a unos pocos metros, y bajaron seis hombres vestidos con trajes oscuros. Moviéndose al unísono, como si fuesen engranajes de una misma maquinaria, comenzaron a caminar en su dirección.
Pino pensó rápidamente un plan de huida. Evidentemente, no podía enfrentarse a seis hombres adultos y posiblemente armados el solo, y mucho menos después de la paliza que acababa de recibir. Además, el contaba con ser el cazador, no la presa, y no había pensado cómo enfrentarse a los blackies (el nuevo apodo que les había otorgado) cuerpo a cuerpo. Buscaba frenéticamente algo que pudiera distraerles, cualquier cosa que le diera el tiempo suficiente para escapar.
Entonces se dio cuenta. Allí estaban, delante de sus propias narices. Tres cabezas rapadas, de casi dos metros de alto y otro de ancho, ya armados con puños americanos y navajas, estaban a su disposición para ser usados como peones.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Pino retocó nuevamente sus recuerdos, canalizando el instinto asesino de los neonazis contra los hombres de negro. Cuando acabó, los skins se lanzaron dando aullidos hacia los blackies. Sin que ninguna expresión perturbase sus rostros, que parecían estar tallados en mármol, tres de los misteriosos hombres de negro sacaron varios táseres de sus bolsillos, que soltaron algunas chispas al ser encendidos.
Aprovechando la confusión, Pino se deslizó camuflándose entre los coches hasta llegar a un estrecho callejón, y allí empezó a correr de nuevo. La ciudad giraba alrededor suyo confundiéndose con el cielo nocturno, hasta que Pino fue incapaz de distinguir si corría entre pequeños comercios y complejos residenciales o entre estrellas y constelaciones. Ya no podía calcular las distancias, pues la calle tan pronto se estiraba hasta el infinito como encogía hasta tal punto que de un solo paso la atravesaba. Cayó al suelo varias veces tras tropezar con sus propias piernas, para luego levantarse inmediatamente, desorientado y respirando a grandes bocanadas. Los pulmones le ardían y los oídos le zumbaban.
Finalmente, Pino acabó derrumbándose en el portal de un cajero automático. No sabía cuanto rato llevaba deambulando por las calles, ni si había logrado despistar a los blackies, pero ya no le importaba. Los párpados le pesaban como si tuviera gruesas losas de hormigón colgándole de las pestañas y se le estaba nublando la visión. Lo último que notó antes de perder el sentido era como el estómago se le encogía y revolvía.
Despertó en un charco de vómito con las primeras luces del amanecer. Una mujer acompañada de su hija sacaba dinero del cajero intentando mantener sus altos y, posiblemente, carísimos zapatos de tacón tan alejados como podía del nauseabundo líquido. La niña, de unos tres o cuatro años, miraba a Pino con los ojos muy abiertos y la punta del dedo pulgar metida en la boca. Pino se sentó y se limpió la cara con la manga de la camiseta. Al acabar dijo seriamente a la pequeña:
-Si no haces caso a la profe y no te comes todas las verduras, acabarás igual que yo.
Luego, haciendo caso omiso de las miradas envenenadas que la madre de la niña le lanzaba, se levantó y buscó algún sitio donde poder desayunar con tranquilidad. Por suerte todavía había pocas personas en la calle, así que Pino pudo pasar más o menos inadvertido a pesar de ir descalzo, con moratones en la cara y los brazos y con la ropa empapada en vómito. Encontró un bar completamente desierto y entró para tomar algo y despejarse.
-Una copa de Baileys y una napolitana -dijo al llegar a la barra. Tenía la voz ronca y áspera, como la de un fumador empedernido.
-¿Seguro que no quieres algo más suave, guapo? Tenemos zumos, batidos.... -empezó a enumerar la camarera.
-Una copa de Baileys y una napolitana, por favor -repitió.
-Como quieras....serán cuatro con diez -normalmente, la cuenta la pedía después de que los clientes acabaran de comer, pero no se fiaba lo más mínimo de alguien que daba señales de haber estado toda la noche bebiendo.....y pretendía seguir haciéndolo desde primera hora de la mañana.
Pino pagó y se sentó en una mesa junto a la ventana. Entre bocado y bocado, analizó los hechos de la noche anterior. Al parecer, los blackies habían aparecido justo después de que hubiera cambiado los recuerdos de los skins. Por tanto, debían tener alguna forma de detectarlo cada vez que usaba su poder, y posiblemente ocurriese lo mismo con el resto del grupo. Así que, cada vez que quisiera atraer a los hombres de negro, le bastaba con modificar la memoria de alguien, esconderse y esperar hasta que llegasen.
Pino sonrió.
Tal vez había fallado el primer disparo, pero aún le quedaban muchas balas en la recámara.
Y la caza no había hecho más que comenzar.
El Príncipe
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