martes, 23 de agosto de 2011

Refugio

Héroes


12/09/2011


La luz se cuela por una de las persianas a medio bajar.
Ésta deja ver la gran cantidad de polvo acumulado en la casa.
Hace mucho tiempo que no pisa esa habitación, esa casa, esa calle.
Tantos recuerdos en 70 metros cuadrados.
Naia está sentada sobre un sillón verde turquesa, junto a ella reposa una sabana blanca que antes cubría el mueble, como todos los otros que aun quedan en la casa.
Evitando que el polvo se adueñe de ellos, pero eso no evita el paso del tiempo.
Tiene la mirada fija en una de las paredes.
En algún momento recuerda haberlas visto blancas, pero ahora están todas descascarilladas, algo amarillentas.
Antes había un televisor antiguo frente a ese sofá.
Ahora no, solo la marca del objeto.
Mira al techo.
Una lámpara pequeña de araña cuelga inmóvil del techo.
Se levanta, con pereza.
Comienza a pasear por la casa, dejando tras de si las marcas de las deportivas a cada paso que da.
La casa huele a cerrado.
Seguramente porque nadie la ha pisado desde hace diez años.
Aquella casa en la que habían vivido sus abuelos.
La misma en la que su abuelo le prometió que no le pasaría nada, que ese seria su refugio.
Posa las manos en las paredes del pasillo.
Notando la textura rugosa de la pintura bajo sus yemas.
En las paredes aun reposan los marcos de los recuerdos inmortalizados.
Un picnic familiar, donde todos sonríen.
Ella junto a sus padres tras una competición de natación.
Sus tíos y su padre de pequeños, sonrientes, con algunos dientes menos.
Sus abuelos el día de su boda.
Sus padres el día de su boda.
Llega a uno de los marcos.
Lo mira.
Lo detesta.
Quiere que desaparezca.
Lo coge con cuidado.
Parece mentira que un pasillo tan pequeño albergue cosas tan importantes para gente que ya no está.
Entra en la sala del comedor con el marco aun en las manos.
En la habitación no quedan casi muebles.
Antes había estanterías repletas de libros.
Una mesa en la que siempre había comida.
Dos sofás pequeños que siempre estaban ocupados.
Y un piano que casi nunca sonaba.
Una gran ventana luminosa-
Ahora no.
Ahora solo queda un sofá.
Una silla contra la pared.
La ventana está tapada con tablones.
Y el piano.
Su piano.
Quita la sabana que lo cubre.
Una nube de polvo se adueña del aire.
Naia tose un par de veces.
Deja la foto sobre el piano y se sienta.
Si, ella sabe tocar el piano.
Nunca lo va a admitir en público, pero el hecho de evitar un castigo y entrar en clases de piano con Sandra, habían valido la pena.
Abre la tapa del piano y respira hondo.
Comienza a tocar con suavidad.
Las teclas están ásperas.
El sonido invade la estancia.
La casa entera.
Naia cierra los ojos, tranquila con todo.
Dejando el dolor a un lado.
Olvidando los recuerdos.
Solo ella, la música y el piano.
Un sentimiento de paz le invade el cuerpo.
Pero al abrir los ojos se encuentra con la foto.
Deja de tocar.
Coge el marco de madera.
Las luces comienzan a parpadear de forma violenta.
Porque ella esta enfadada.
Lo arroja contra el suelo con rabia.
La madera se resquebraja.
El cristal se rompe, provocando que muchos ciscos de esparzan por el suelo.
La foto que alberga queda al descubierto.
La coge.
Con cuidado de no cortarse.
En ella salen personas sonriendo.
Sus padres.
Ella también sale, pero no sonríe.
Era pequeña.
Unos cinco años.
El día que entró con su familia.
El día que la adoptaron.
Hoy hacia ya trece años de ello.
Normalmente lo celebraban como un segundo cumpleaños.
Pero esa vez no, no hay felicidad.
Guarda la foto en su cartera y se incorpora.
Se sacude el polvo de las rodillas.
Se dirige a la puerta.
Sale de la casa.
Necesita respirar.
Empieza a caminar por el bosque.
Siguiendo un sendero próximo a la casa.
El pueblo de sus abuelos tiene un río precioso.
Lo contempla un rato.
Se sienta junto a la orilla y mete los pires dentro del agua.
Siente como la corriente le empuja suavemente.
El frío estremece, porque el calor la rodea.
Y las lágrimas resbalan por sus mejillas.
Se lleva las manos a la cara.
Se pregunta por que llora.
Porque hoy es su día especial y no lo puede compartir porque no se lo ha contado a nadie?
No es solo eso.
Porque no puede ver a su familia…
Porque se ha enamorado de dos hombres.
Porque el mas importante para ella se ha enamorado de Sandra.
Porque quiere mucho a Pino y ya no se lo puede decir.
Si, por todo eso ahora llora como una niña.
Porque ahora se siente terriblemente sola.
Quiere gritar sus sentimientos.
Dejarlos salir.
Pero ella no es capaz.
Solo sabe guardarlos dentro.
Decide que ya es suficiente.
Ya ha llorado bastante por el beso que vio el otro día en la playa.
Vuelve a reprimir su amor.
Su frustración.
Y sus deseos de correr en otra dirección.
Se vuelve a poner las zapatillas.
Camina por el sendero hasta el pueblo.
Saluda a un par de antiguos conocidos.
Pasea un rato por las silenciosas calles.
Encuentra su coche y se monta.
Antes de poner en marcha el motor su mira en el retrovisor.
Se limpia los ojos, enrojecidos.
Respira hondo.
Ahora si, introduce la llave.
El motor se pone en marcha con un chasquido.
Le toca volver a la normalidad.
Se aleja del pueblo.
Su tranquilidad.
Su refugio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario