miércoles, 23 de noviembre de 2011

Silencio.

Héroes


11-9-11

El manto de nubes que cubría el horizonte ardía al ser alcanzado por los últimos rayos que el carro solar le arrojaba. Bandadas de golondrinas sobrevolaban las vías del tren, de tonos anaranjados y rosas bajo la luz del atardecer.
Pino dio una calada a su cigarro y expulsó el aire lentamente, observando como las volutas de humo se encogían sobre si mismas y se difuminaban hasta desaparecer, emborronando las figuras de los pájaros. Dentro de poco, las golondrinas migrarían al sur, a África, para pasar el invierno. El también se iba, aunque no a África, y tampoco emprendería su viaje con nadie. Ahora estaba solo, inmerso en una soledad absoluta y silenciosa; ya ni la realidad le acompañaba. Estaba viviendo un cuadro, tremendamente realista, pero cuadro después de todo.
Se sentía ligero. Las preocupaciones y el miedo le abandonaban al tiempo que lo hacía la vida, y liberado del espíritu el cuerpo flotaba sobre el aire. Tantas ganas tenía de escapar de su prisión, que Pino estaba muriéndose con anticipación, antes siquiera de tumbarse a descansar en las vías.
No era un suicidio. No era tampoco una eutanasia, a pesar de que todos los médicos del mundo habrían estado de acuerdo en diagnosticarle de romanticismo terminal.
Era solo que, una vez muerto Pino, no tenía sentido alguno conservar su cuerpo como si de un animal disecado se tratase, triste sombra de lo que una vez fue. Y por ello, había decidido librarles a todos de tener que hacerse cargo de la marioneta de carne en la que se estaba convirtiendo por momentos.
Escuchó un sonido metálico a lo lejos y miró en esa dirección. Brillante y majestuoso se acercaba el ángel que había de llevarle a descansar. Dormir. Descansar. Y sin sueños.
Las nubes se habían cerrado ahora completamente sobre el cielo. Ni un haz de luz se colaba ya a través del sudario de la ciudad, y la oscuridad se retiraba en desbandada solo al ser atacada por las huestes de farolas que bordeaban la calle a la espalda de Pino.
Un silencio sepulcral y cadavérico descendió a su alrededor. La existencia lo iba soltando lentamente, como una madre cariñosa que, meciendo a su bebé con ternura en los brazos, le canta una nana para que se duerma. El color se hundía bajo la oscuridad, el ruido sucumbía ante el silencio, y tenía en la boca un extraño sabor a polvo. Sin saberlo, Pino se estaba saboreando a si mismo.
Su sepulturero de hierro estaba muy cerca ya.
Pino se levantó, y echó de menos un bastón en que apoyarse. Era viejo, muy viejo. A sus dieciocho años, había sentido, pensado y vivido mucho más que otros que llegaban a los noventa.
Se acercó a las vías, esperando el momento preciso.
Aún no.
¿Le echarían de menos Erik y Sandra?
Aún no.
¿Cómo sería ser atropellado por un tren? ¿Lo mataría el primer impacto, o moriría aplastado y vomitando sangre bajo las ruedas?
Aún no.
¿Se casarían algún día?
Aún no.
¿Y si sobrevivía? ¿Podrían salvarlo los servicios de emergencia si, por casualidades de la vida, quedaba atrapado entre la maquinaria?
Aún no.
A lo mejor llamaban David a su primer hijo.
Aún no.
No. Ni siquiera el tenia tan mala suerte como para sobrevivir a semejante choque.
Ahora.
Un relámpago cayó, iluminando a Pino mientras éste saltaba a las vías. Y, recuperando la visión y el alma una última vez, sintió. En una postrera eyaculación pasional, ardió todo su corazón de odio, de amor, de tristeza, de alegría, de felicidad, de desesperación y de locura idealista. En un segundo, imaginó centenares de mundos, vivió decenas de vidas, y la amó a ella, y solo ella.
Y tras el violento y brutal ruido....
Silencio.

El Príncipe

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