Héroes
7-3-12
Las grandes moles de hormigón que se alzaban a ambos lados de la carretera comprimían el ambiente, taponando el encapotado cielo con sus rostros fríos y duros, alzando las manos hacia lo alto como si tratasen de llevar su corrupta presencia hasta las propias nubes. Una lluvia fina, constante y sucia barría las aceras, formando oscuros regueros que se hundían luego en las entrañas podridas de la urbe a través de los profundos agujeros de las cloacas. Los coches pasaban a toda velocidad sobre el asfalto encharcado , sin detenerse en su frenética carrera, levantando olas de agua contaminada y dejando tras de sí una grisácea estela de polución. La luz solar, cada vez más escasa conforme la tarde desembocaba en el crepúsculo, fue sustituida por los destellos eléctricos y anaranjados de las farolas que observaban impasibles la incesante actividad de la espesa telaraña de semáforos, edificios y automóviles. Por las aceras, felices rebaños de ovejas entraban en los bien iluminados supermercados de limpias y coloridas estanterías para consumir y gastar y comprar y rapiñar, no porque ello los hiciera aún más felices, sino porque los volvía todavía más ovejas. A la salida de los templos del capital, sin embargo, los gregarios humanoides eran desconsideradamente molestados por personas desharrapadas que trataban de mendigar, cual perros, las migajas que cayesen de la mesa de los amos. La grotesca escena no duró demasiado: al cabo de unas horas cerraron los centros comerciales, y privadas de su luz las polillas disfrazadas de humanos se dispersaron en la noche mientras la gente se retiró a sus cartones y colchones deshilachados para tratar de dormir a pesar del frío de febrero. La ciudad reveló entonces su verdadera condición de camposanto, con nichos en los que vivían muertos y criptas en las que agonizaban vivos. El viento aullaba, lúgubre, entre los dedos secos y desnudos de los árboles, llevando el grito silencioso de los esqueletos que habitaban el gargantuesco osario a través de las sordas calles y avenidas.
Una sola figura escuchó el desesperado gemido. Entre los pliegues de su capucha, podía verse una mueca de desprecio grabada a martillazos en la mandíbula recubierta de vello. Pero no era únicamente repulsión lo que había impreso en su gesto; había también asco, desesperación...y miedo.
El encapuchado se irguió lentamente, como si llevase una pesada carga sobre sus hombros cansados . Tambaleándose echó a caminar en dirección a su refugio, agarrándose a las farolas y a los árboles para evitar caerse. Antes de poder ocultarse de la hórrida mirada de la luna amarillenta que asomaba entre las nubes negras, tropezó y tuvo que aferrarse al respaldo de un banco. Se levantó poco a poco, desafiando a la ciudad con la mirada desde las profundidades de su capucha, y recorrió los últimos metros que le separaban de su portal.
Nada más entrar Pino se dejó caer como un fardo contra la sucia pared del rellano. No se molestó en dar la luz; la bombilla que colgaba de un cable del techo llenaría el portal de sombras más tétricas que la propia oscuridad. Con la cabeza entre las piernas, intentó relajarse y pensar en todo lo que había sentido durante las últimas horas observando la ciudad.
Su miedo no provenía de la degradación y la putrefacción de la sociedad: había tenido que convivir con ellas desde los cuatro años y con el tiempo se había vuelto casi inmune a su presencia constante en el mundo, del mismo modo que un enfermo crónico se acostumbra a su enfermedad y acaba asumiéndola como algo natural. No. Su miedo procedía de lo que había deseado al contemplar esa hogareña podredumbre.
Napalm.
Toneladas, toneladas de napalm.
El Príncipe
No hay comentarios:
Publicar un comentario