Héroes
31-05-12
Sus labios se juntaron y ambos empezaron una dura lucha usando la lengua como estoque, tratando de vencer la resistencia del adversario y penetrar en su boca mientras en el exterior sus cuerpos se tropezaban por la habitación buscando alguna pared a la que agarrarse. El equilibrio hacía tiempo que se había fugado con el pudor, y pronto acabaron cayendo en una de las esquinas de la habitación.
Pino acarició la espalda y el culo de su pareja de esa noche, una rubia con la que no había llegado siquiera a presentarse. Estaba sentado en uno de los sofás, escuchando una canción de la que no sabía el nombre, cuando entró ella con otras tres personas. No se fijó mucho en ellos, demasiado ocupado liándose un cigarrillo, hasta que la chica se sentó a su lado con un cubata en la mano. Se giró desganado y al ver la descaradamente lujuriosa expresión de la chica trató de fingir algo de interés en ella. Faltaban aún demasiadas horas para el amanecer y se sentía incapaz de soportar el martirio de la madrugada sin alguien con quien poder entretenerse.
Prefirió ahorrarse la molestia de tener que iniciar una conversación antes de lanzarse a por ella con un fuego falso brillando en sus ojos y una energía en sus movimientos que realmente no sentía. Cada vez entendía menos esos absurdos prólogos que tan importantes parecían ser para el resto del mundo: todos nacen y mueren solos, y tratar de aliviar esa soledad con otra cosa que no sea contacto físico, carnal y crudo, es como intentar curar una quemadura con ácido. Era precisamente ese intento de comunicación el que resaltaba la distancia abismal e insalvable entre las personas y volvía más doloroso el exilio de cada cual en su propia mente.
Tras recorrer en profundidad cada curva y cada firme superficie del culo de su improvisada compañera de madrugada, pasó las manos a su zona delantera. Primero masajeó con fuerza sus pechos, pasando sus dedos sobre la fina tela del top con la habilidad de un genio del piano al tiempo que apretaba firmemente el resto de la generosa montaña con la palma de la mano. Luego fue bajando una de las manos, rozando el vientre desnudo de la chica que ahora respiraba con fuerza sobre sus labios, atravesando su cintura y llegando hasta sus muslos. Acarició la parte interior subiendo tentadoramente antes de retroceder de nuevo, llegando cada vez más arriba en sus incursiones hasta que finalmente posó la mano entera sobre la cremallera de sus vaqueros. En ese momento ella se apartó y le miró a los ojos con las pupilas ardientes de deseo.
- Vamos a... no se, ¿hay algún baño aquí? -susurró ella entrecortadamente. Pino logró escucharla a pesar del ruido del aparato de música que vomitaba a todo volumen canciones reggae o house, mezclando ambos géneros desordenadamente. Su voz era suave y al mismo tiempo cargada de lascivia, y Pino se sintió extrañamente atraído por ella. Por primera vez, se fijó en sus ojos color miel enmarcados por dos cascadas de pelo pajizo , unos ojos que parecían atravesarle la mente y beber directamente de sus recuerdos.
-¿Y qué haríamos nosotros en un baño? -preguntó Pino con una inocencia que se vio desmentida por el beso con que recorrió el hombro y el cuello de la chica.
-No se, ¿tú que crees? -contestó ella poniendo su mano sobre la cada vez más abultada entrepierna de Pino.
-Tal vez deberías demostrármelo en persona allí -le susurró al oído antes de morder delicadamente el lóbulo de su oreja.
Con dificultad ambos se pusieron en pie y Pino guió a la rubia entre las nubes de marihuana y las botellas tiradas por el suelo de la habitación.
Cuando por fin llegaron al baño, comenzaron a desnudarse el uno al otro mientras seguían el baile de besos y caricias. Antes de librarse de sus pantalones Pino logró concentrarse lo suficiente como para sacar la cartera y extraer de ella un preservativo, dejándolo sobre el lavabo después para tener las manos libres. Cuando acabaron de quitarse la ropa Pino aplastó a la chica contra la pared, aferrando su culo con ambas manos mientras ella entrelazaba las piernas en su espalda. Sintió la humedad y el calor que fluían de la entrepierna de la gimiente rubia en su vientre, y su propio miembro se alzaba ahora completamente erecto y duro.
-Así que era esto a lo que te referías -dijo Pino respirando agitadamente antes de separar a la chica unos centímetros de su torso para poder lamer sus duros pezones.
-No, esto es solo el principio -repuso ella juguetonamente acariciando el cabello castaño de Pino. Se soltó de sus musculados y anchos hombros y desentrelanzando las piernas fue descendiendo por sus abdominales hasta que tuvo el grueso miembro de Pino frente a su rostro. Con una sonrisa, paseó la lengua por el glande antes de cubrir con su saliva el resto del pene. Cuando toda la superficie estuvo recubierta de una brillante capa de humedad, la chica fue engullendo la dura verga mientras succionaba con suavidad y masajeaba los testículos de Pino con una mano. La otra la tenía enterrada en su ardiente entrepierna, que necesitaba de forma cada vez más apremiante algo con lo que satisfacer su apetito.
Tras unos minutos, Pino estaba al borde del orgasmo. Su resistencia, que normalmente generaba rumores entre los habituales del local, se había visto doblegada sin apenas oposición ante la invasión de los labios de la rubia. Había repasado ya la alineación de todos los equipos de fútbol que conocía, resuelto mentalmente un par de ecuaciones no demasiado complejas e incluso visualizado a Erik besando a Sandra, pero ninguna de esas cosas era capaz de retrasar siquiera un par de segundos el inevitable final. Finalmente acabó, entre espasmos, en la boca de la chica. Usando todo su esfuerzo mental, logró concentrarse lo suficiente como para que el cuarto de baño dejase de dar vueltas a su alrededor. ¿Se había....mareado? En ese momento, sintió unas manos ascender por sus muslos y vio a la chica acercarse a el, aún sonriente. Se levantó bruscamente, y agarrándola por los hombros la sentó sobre la tapa del inodoro, sin necesidad esta vez de fingir la pasión que embargaba su pecho y disparaba su pulso. Sus sentidos se habían agudizado hasta extremos felinos: el tacto de la piel caliente y algo húmeda por el sudor de su compañera le saturaba la mente, al igual que el aroma a sexualidad con que habían llenado la habitación. Los movimientos de su cuerpo eran rápidos y fuertes, más parecidos a los de una fiera dando caza a su presa que a los de un adolescente, y su semblante tenía ahora un gesto primitivo y bestial que daba a sus facciones una apariencia casi aterradora.
Abrió las piernas de la rubia y enterró la boca en sus labios. Mientras con la lengua lamía el clítoris introdujo un dedo en el interior de su húmeda gruta y empezó a moverlo rápida y cadenciosamente. Sintió las manos de la rubia aferrar su pelo corto y castaño, apretándole la cabeza contra su sexo inflamado. Su lengua alternaba las atenciones al clítoris con las que proporcionaba al exterior de los labios vaginales, como si no fuera capaz de decidirse por ninguno de los dos manjares. Ajena al dilema de su compañero, la chica gemía cada vez más alto, provocando una extraña reverberación en las paredes recubiertas de azulejos desconchados del baño.
Finalmente, Pino se irguió poco a poco, con las pupilas fijas en los ojos de la rubia. Sus mejillas brillaban bajo la fina película de humedad que las recubría. Con una sonrisa, cogió el preservativo y rasgó el envoltorio, que arrojó a una esquina de la habitación. Se puso el condón, y sin decir palabra la chica se apartó para dejar que se sentase sobre el inodoro, colocándose ella después sobre su mástil. Pino la agarró por las caderas y hundió su miembro de golpe, subiendo el ritmo con cada nueva embestida mientras besaba apasionadamente el cuello de su compañera o jugaba con sus pezones. El interior de la rubia le apretaba la verga con fuerza, como si quisiera impedir que se marchase. Ahora eran los gemidos de ambos los que inundaban el cuarto de baño y fueron creciendo en intensidad hasta que, con un último empujón, llegaron al orgasmo simultáneamente.
Dos minutos más tarde, ambos salían del cuarto de baño con las mejillas arreboladas y, en el caso de la chica, el pelo alborotado y enmarañado. Al llegar al salón, algunos de los que allí se drogaban o bailaban se volvieron hacia ellos y comenzaron a aplaudir y vitorearles. Una de las chicas sentada en el sofa fingió ser penetrada por un amante invisible mientras gemía de forma ostensiblemente falsa. Al parecer, las paredes del edificio no estaban insonorizadas. Pino soltó una carcajada que cortó a la mitad. ¿Qué hacía el riéndose? De hecho...¿por qué se sentía tan vivo? Tenía la mente despejada, pues la parte que normalmente estaba ocupada recordando una y otra vez el momento en que Sandra le dijo que volvía con Erik había desaparecido. Se volvió hacia la chica.
-¿Cómo te llamas? -preguntó con la boca repentinamente seca.
-Vaya, por fin lo preguntas...empezaba a pensar que solo querías sexo conmigo -contestó ella burlona-. Me llamo Dana.
El Príncipe
dana es vulgar muy muy vulgar jajaja
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