viernes, 6 de enero de 2012

Fuego

Villanos


25-08-11


Las heridas del cielo nocturno iluminaban tenuemente los árboles y las rocas del bosque, derramando la brillante sangre de la bóveda celeste sobre la tierra. Una suave brisa agitaba las hojas en sus ramas, haciendo que cantasen los coros de la ópera que entonaban las lechuzas. El susurro del agua al acariciar las rocas, lisas tras siglos de húmedo matrimonio con el río que las recorría, hacía las veces de acompañamiento instrumental para el improvisado concierto. Una cascada cercana rompía groseramente la armonía, haciendo restallar sin ninguna consideración su helado caudal contra los peñascos de su base. Y sobre uno de esos riscos, una figura vestida con una empapada túnica negra meditaba sentada en la postura del medio loto. Ignorando el torrente que golpeaba insistentemente su espalda y el frío invernal que amenazaba con comenzar a congelar los pliegues de su ropa, murmuraba una letanía que se repetía cada pocos segundos. Ningún otro movimiento perturbaba sus facciones que no fuera el de sus labios.
La figura se irguió repentinamente, con los mechones de pelo mojado pegados a su frente y una mirada aún más glacial que el aire que le rodeaba en sus ojos castaños. Saltando de roca en roca, comenzó a reunir energía en la punta de sus dedos, que pronto empezaron a arrojar chispas hacia los lados. Todo su cuerpo y su mente estaban concentrados en aumentar paulatinamente la fuerza de las llamas que brotaban de sus manos al tiempo que evitaba resbalarse en los suaves contornos de las rocas y precipitarse hacia una muerte segura. Cuando toda la extensión de sus brazos estuvo recubierta de crepitantes lenguas de fuego, llegó de un único y gran salto a la orilla, volviéndose de cara a la alta cascada en el proceso. Antes de que sus pies tocasen el suelo embarrado dirigió sus ígneas fuerzas contra la rugiente masa de agua. Densas nubes de vapor ocultaron a la figura, y solo el resplandor anaranjado de la neblina revelaba que las llamas seguían golpeando inclementes la pared de la catarata. Durante casi quince segundos, el fuego continuó enfrentándose al río, hasta que con unas últimas y débiles llamaradas capituló ante su húmedo enemigo. El vapor flotó en el aire algunos instantes antes de diluirse entre la corteza de los árboles. La figura reapareció entonces, de rodillas sobre el lodo, mirando fijamente la cascada. Las rocas sobre las que fluía la cortina de agua estaban ahora ennegrecidas, pero eso poco importaba. La cascada había vencido. El agua había triunfado sobre él una vez más.
Se levantó con los puños cerrados y apretando firmemente la mandíbula, sin apartar los ojos del insulto acuático que con sus chapoteos se burlaba del titánico esfuerzo que había llevado a cabo. Contuvo un bramido de rabia en la garganta, y tras masajearse las sienes brevemente, sus ojos se calmaron y dejaron de declarar su odio a la catarata. Dio media vuelta y con ademán indolente se dirigió hacia el Land Rover negro que había dejado aparcado junto a uno de los numerosos caminos de ruta que serpenteaban por las laderas de la sierra. En el horizonte, los miles de pequeños y amarillentos ojos de Madrid observaron en silencio como Pyros encendió el motor del coche antes de sumergirse en la carretera.


El Príncipe

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