3-8-11
(Héroe)
La pradera, de un color verde brillante durante el día, adquiría un color dorado rojizo con los últimos rayos del sol. El aire estaba lleno del penetrante aroma de las agujas de los pinos del bosque cercano. En el cielo revoloteaban, entre nubes de color naranja y las cada vez más brillantes estrellas, bandadas de aves silvestres que trinaban sin cesar.
La risa de un niño pequeño pronto vino a unirse a los cantos de los pájaros. El niño bajó corriendo la colina, lanzándose hacia todos los pájaros posados que veía y espantándolos con grandes aspavientos.
-¡Pajaditos, vuela, vuela pajaditos! ¡Vuela, vuela! -decía sin dejar de reír.
-¡Corre, David, ahí hay más pájaros! ¡Vamos a cogerlos! -se oyó detrás suyo. David se volvió, con la respiración entrecortada y las mejillas sonrojadas, justo a tiempo para ver como su hermano mayor le agarraba por las axilas y se lo subía a la espalda.
-¡Ade caballito, ade! ¡Code a por los pajaditos! -gritaba David encantado, disfrutando de lo que a él le parecían unas vistas a gran altura. En realidad, su hermano de diez años levantaba poco más de un metro y medio del suelo, pero para David, de solo cuatro años, era como subirse a un teleférico.
-¡Os vais a caer, parad ya, os vais a caer! -repetía insistentemente la madre de los niños desde lo alto de la colina.- Alejandro, ¡trae a tu hermano aquí inmediatamente! ¡Se va a hacer daño!
Esa última frase, como si de unas palabras mágicas se tratasen, hicieron que el mayor de los hermanos se detuviera al instante. Alejandro era casi más protector para con David que su madre.
-¡Jooooooo, no, no, no, no queyo, no! ¡Queyo montar a caballito! - se quejó David mientras su hermano le arrastraba junto a sus padres de nuevo.
-David, hijo, ¿no ves que te podías haber hecho daño? ¿Y si te caes qué? ¡Entonces no podrías venirte esta noche con nosotros a la poza a cazar sapos! -su padre intentó calmarle.
-Pedo...pedo.....joooo....pedo yo queyo coger pajaditos con Alez -David empezó a hacer pucheros.
-Venga, venga, mañana venimos y cazamos todos pajaritos, ¿qué te parece? Te dejo incluso que uses el cazamariposas -siguió negociando su padre.
-Bueno...bueno...vale, pedo yo me quedo el cazamadisopas, ¿vale?
-Claro que si -le sonrió su padre mientras le abrazaba.
Un rato más tarde, la familia entera se sentó en la hierba para descansar un rato antes de regresar al chalet. David cerró los ojos, disfrutando de la calidez de los rayos del sol, mientras deslizaba la mano hacia los bolsillos de su peto para sacar la marihuana y liarse un canuto. Un momento.... Frunció el entrecejo. Tenía cuatro años. No sabía lo que era la marihuana. ¿Tenía cuatro años, verdad?
David volvió a abrir los ojos. La luz tenue y grisácea que se colaba a través de la persiana anunciaba un día nublado. Se incorporó en la cama hasta quedar sentado, y se masajeó las sienes. Había vuelto a perderse en sus recuerdos....literalmente. Le solía pasar si se emborrachaba o drogaba demasiado. Y el problema principal no era ese. Lo que más temía David de sus ataques de memoria, como el los llamaba, era que perdía la capacidad de controlar sus recuerdos, que pasaban entonces ante sus ojos sin que el pudiera hacer nada para evitarlo.
Una furgoneta negra llegando a toda velocidad al prado....no, control, control, puedo controlarlo.....muchos hombres vestidos de negro, su padre enfrentándose a ellos, colocándose delante de su familia para protegerla.....soy dueño de mi mente, yo la manejo como quiero, es mia, mia.....una pistola, dos disparos, su padre y su madre cayendo al suelo, los sesos desparramados sobre la hierba, los hombres llevándose a su hermano y a el en la parte trasera de la furgoneta.....joder, ¿estoy llorando en la realidad o en los recuerdos?.....calor, mucho calor, la furgoneta estrellada, fuego por todas partes, y su hermano gritándole que corriera, que luego se reuniría con el....
David pudo por fin concentrarse lo suficiente como para volver a la realidad. Se levantó a toda velocidad mientras una sucesión de imágenes confusas e inconexas aparecían en su cabeza. Sacó una navaja del cajón del escritorio y hundió el filo en la yema de su dedo gordo. No mucho, solo la punta. Intentó pensar solo en el dolor, dirigir toda su atención a los borbotones de sangre oscura que se deslizaban por la palma de su mano, siguiendo los surcos de las huellas dactilares.
Al cabo de unos minutos, sacó la navaja de su piel y respiró hondo mientras trataba de calmarse.
Todavía seguía llorando.
El Príncipe
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