sábado, 7 de enero de 2012

La felicidad de Lázaro

 Héroes

 1-1-12

Solo había estado fuera (forma extremadamente eufemística de referirse al hecho de que se había tirado delante de un tren y muerto aplastado, con sus huesos triturados y los órganos vitales distribuidos artísticamente por las vías o pegados a las ruedas del tren en forma de grumos sanguinolentos, para luego ser trasladado a una morgue donde el médico forense encargado de examinar los trozos de su anatomía que se habían podido extraer del intrincado laberinto de cables y hierros de la parte inferior del vagón delantero tuvo que contener las ganas de vomitar ante el dantesco espectáculo que suponía la masa de sangre coagulada, astillas de hueso y carne picada que tenía ante si) durante algunos meses, cuatro para ser más precisos. Pero se sentía extraño, desubicado y fuera de lugar, como una pornostar en una guardería. El aire contaminado con olor a carburante y a basura era el mismo, los autómatas de cara pétrea y andar huidizo y apresurado que deambulaban por la ciudad idénticos, y hasta los yonkis de mirada vidriosa y suplicante seguían tirados en los sitios de siempre. La vieja puta de nombre Madrid era una copia exacta de la ramera que había dejado atrás. Pero, parafraseando a cierto chileno que tenía algo de habilidad a la hora de hacer sencillas rimas y ripios, él, el de entonces, ya no es el mismo.
O al menos eso era lo que pensaba David Pino, varón, dieciocho años (a pocos días de los diecinueve, si hacemos caso omiso al pequeño paréntesis que supuso en su reloj biológico el estar a tres metros bajo tierra), con cerca de doscientos polvos, quinientos canutos, incontables botellas de absenta y una resurrección de entre los muertos estilo Lázaro (quizás en un futuro podría hacer una en plan extra de The Walking Dead) encima de sus juveniles hombros. Y cuando alguien como Pino (media de aprobados raspados en Lengua desde primero de Primaria hasta segundo de Bachillerato) empieza a citar a Pablo Neruda, así sea para sus adentros, es que algo no marcha como debería.
Aunque, en realidad, Pino se sentía realmente bien. Eufórico incluso. Hacía mucho tiempo que no se encontraba tan lleno. El cielo azul del primer día del año 2012 invitaba a cursilerías Disney (Pino se encontró varias veces sopesando la idea de ir al Retiro y cantar con los pajarillos cual Blancanieves de metro ochenta y barba de tres dias) e incluso el aire frío que se colaba por los huecos de su ropa le despertaba y llenaba de energía. Y por si fuera poco, acababa de montárselo con la persona de la que estaba enamorado y por la cual (si bien de forma indirecta) se había visto envuelto en actividades tan poco saludables como el consumo desmesurado de alcohol, sustancias estupefacientes y varias toneladas de hierro [*N. del A.: Si, mis queridos lectores cortitos de mente, esto va por lo del tren]. Pero todo lo malo daba igual ahora. El futuro se abría brillante ante el.
Mandaba cojones. La gente normal enderezaba su vida cortando una relación dolorosa, quitándose de un trabajo que detestaban y amargaba sus vidas o mandándolo todo a tomar por culo y alistándose a la Legión Extranjera. El no. El se tenía que tirar delante de un tren de una forma que mezclaba a partes iguales el romanticismo brutal y desgarrador de Espronceda escribiendo La Desesperación con el melodramatismo acaramelado y hollywoodiense de Rose en las escenas finales de Titanic, para luego ser devuelto a la vida porque la persona que amaba había decidido acordarse de el. Mandaba cojones.
Pino levantó la mirada, dejando que se perdiera entre entre el perfil de los edificios y el azul del cielo, buscando atentamente algún ojo enorme que de pronto desapareciese al ser descubierto. Todo estaba siendo demasiado absurdo (y eso en la vida de alguien acostumbrado a cosas tan normales como que sus padres murieran asesinados cuando tenía cuatro años  es decir mucho) como para pretender que vivía en el mundo real. Posiblemente fuera la fantasiosa creación de algún lunático con demasiado tiempo libre que se entretenía narrando su historia y se divertía inventando nuevas putadas y retos que cruzar en su camino.  Y ahora Pino había decidido encontrar a su autor y preguntarle, no sin antes expresarle su opinión sobre su muerte bajo las ruedas del tren en forma de un amistoso gancho de derecha, si veía futuro a su relación con Sandra (quizás no es la pregunta más filosófica o trascendental que se le puede hacer a tu creador, pero recordemos que acaba de volver de entre los muertos, echar un polvo con su media naranja y, a juzgar por el tamaño de las pupilas con las que me busca entre la silueta del Corte Inglés de Goya y la del edificio residencial aledaño, también acaba de meterse entre pecho y espalda un porro bastante grueso, así que no seamos demasiado severos con el).
Tras una hora mirando embobado el cielo dando vueltas por el barrio Salamanca, lo que motivó que una pareja de municipales de paisano comenzaran a seguirle, Pino se dio por vencido y se dirigió a la parada de Metro más cercana con intención de volver a Vallekas. La borrachera de felicidad se le había pasado ya, y la resaca trajo consigo de vuelta el dolor. Un dolor infinitamente más suave que en los momentos anteriores a su suicidio, pero bastó para borrar la drogada sonrisa de su cara y sustituirla por su habitual expresión triste y algo hostil.
No pudo evitar estremecerse, tratando de resistir el impulso que le llevaba a huir hacia las escaleras mecánicas, cuando el metro se detuvo chirriando en las vías enfrente de él. Reuniendo todo su aplomo entró en el féretro metálico, ya bien cargado de muertos de diversas edades, sexos y razas.

El Príncipe

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